“¿Cómo edificar una personalidad mejor, sino sobre las ruinas de la anterior?”: John Fowles

Por: Julio Castrejón

Tras medio siglo de vida en este país siempre he identificado la existencia de dos Méxicos que se subdividen en millones de formas diversas de pensar, tenemos en primer lugar una personalidad orientada a estirar la mano, a pedir que el Estado se haga cargo de lo que no somos capaces de hacer por nosotros mismos.

El otro México es trabajador y de lucha, apoyado en la creatividad y la necesidad de sobrevivir ante la adversidad, son personas que pueden desanimarse hoy y mañana amanecer con la esperanza renovada, una especie de mexicanos que parece gustarles el ácido y la adrenalina de la dificultad más que la comodidad del conformismo.

La primera personalidad tiene su origen en el orden prehispánico del poder político vertical que duró 3 mil años a lo largo de varias culturas que prevalecieron en este territorio y que a la llegada de los conquistadores españoles simplemente se reforzaron los principio autoritarios de dichas culturas que también eran teocráticas (unión de religión y monarquía) y que dejaban a las personas en condición servil ante el poder, por lo que la imagen es la de un gobierno asistencialista y dependiente de la “buena voluntad” del gobernante en turno.

Las luchas en el México independiente justamente oscilaron entre la idea de otorgar libertad a los individuos (liberalismo) frente al Estado y los principios conservadores de buscar una metrópolis que se hiciese cargo de los destinos de nuestro país, cómo sabemos ganaron los primeros, pero los principios democráticos resultan muy extraños para una población acostumbrada al sometimiento, por lo que el siglo XlX transcurrió en golpes de Estado y sublevaciones que terminaron en la dictadura de Porfirio Díaz, sistema conocido en la memoria genética de los mexicanos.

La dictadura trajo consigo una transformación profunda en la inserción de México en el capitalismo industrial, pero también en un concepto de educación fincada en el positivismo masónico que otorga peso a una visión científica de la realidad y las posibilidades de cambio, una aportación adicional del porfiriato fue la consolidación de la identidad nacional como eje rector de un nacionalismo emprendedor. Pero la dictadura estaba soportada por una gran pobreza, injusticias y un aparato represor que terminó en una sangrienta guerra civil.

Todo el siglo XX fue el debate entre una semidictadura y una semidemocracia que dio por resultado un semicrecimiento económico con crisis profundas que sin embargo permitieron un mediano desarrollo con desigualdad, fue un siglo en que la figura presidencial era la materialización divina del asistencialismo y la represión, generosidad social y garrote.

El siglo XXl tiene otros componentes, tenemos un país y una población diferente, acostumbrada a la crítica, con mejores herramientas conceptuales y otras formas de lucha política, harta de la clase política tradicional y más directa en sus expresiones, ajenas a los formalismos hipócritas del “estilo personal de gobernar”, quizá eso sea lo que ha posicionado a AMLO en las preferencias ciudadanas, sus carencias intelectuales las suple su personalidad franca.

López Obrador tiene la oportunidad de transformar la manera en que los mexicanos entendemos la política o estancarnos en la misma verticalidad milenaria, la oportunidad de salir de la jaula asistencialista o hacerla de oro (jaula al fin).

Avanzar en democracia, que no es otra cosa que el respeto a la diferencia y la libertad de opiniones o tratar de imponer una visión unilateral y autoritaria como otros presidentes en el pasado.

Es tendencia mundial la redistribución del ingreso en forma de pensión básica universal, por lo que de ninguna manera son negativos los programas asistenciales que propone, el asunto es ir más allá de ellos, son recursos que bien empleados podrían hacer florecer al otro México emprendedor y ganador.

El reto de AMLO es grande y la incertidumbre más.

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