Don Manuel Escobar Peñalosa mantiene vigente una tradición que forma parte de la cultura popular

En medio del ruido de los autos que circulan a su alrededor, la grabación de la pequeña que compra fierro viejo y del pregón del que vende tamales se escucha el legendario y peculiar silbido del carrito de camotes que Manuel Escobar Peñalosa empuja desde hace 50 años.

Don Manuel, un comerciante ambulante de 70 años, sale todos los días de su casa en la colonia Guadalupe Victoria, entre 17:00 y 17:30 horas, para vender los suculentos plátanos machos y camotes, los cuales anuncia que ya están listos con el agudo sonido del aire caliente que produce su carrito que se escucha a larga distancia.

Entre las calles de Godard y Debussy el vendedor es esperado con impaciencia por la clientela.

Don Manuel comenta que este es un oficio que aprendió gracias a un amigo que lo invitó hace 50 años a convertirse, junto con el vendedor de algodones, el afilador y el organillero en parte de la cultura popular de México.

“Yo vendía platos y vajillas, y un día un amigo me dijo: ¿Qué andas haciendo?.. Le contesté lo que hacía… Rápidamente me respondió, “vente a vender conmigo, agárrate un carrito y desde entonces me gustó este oficio que me ha permitido sobrevivir, y aquí estoy para servirles”, relata don Manuel.

El entrevistado hace una pausa por unos instantes para retomar la charla y relatar que en esos años el alquiler de uno de estos carritos era de 70 pesos a la semana y un costalito de madera para calentar la pequeña caldera que tiene costaba 50 centavos.

Debía aprender a preparar los camotes y los plátanos, productos que conserva muy calientitos en su carrito o pequeño horno.

También lo enseñaron a operarlo, así como abrir adecuadamente la llave de paso del vapor, que es el que hace que suene el silbato; «es una calderita que conserva el calor».

Escobar Peñalosa explicó que la preparación de los plátanos machos que le enseñó su amigo consiste en rayarlos, quitar la mitad de éstos y ponerle una cama de cáscara de plátano debajo de la charola; los de arriba no, esto es para conservarlos calientes.

Comenta que es todo un ritual que inicia desde que va a la Merced o a la Central de Abastos, donde dice a los de la bodega que le aparten unas 10 pencas de plátanos y los pone en un lugar para que vayan madurando, para después prepararlos.

“Compro hasta mil pesos de plátanos para toda la semana para ponerlos en el pequeño horno del carrito, que hasta la fecha me ‘he echado más de seis carritos durante estos 50 años de trabajo. Debo decirte que cada uno tiene una duración de más de siete años y que en la actualidad comprarlo representa alrededor de 15 mil pesos, pero todo equipado”, comenta.

Escobar Peñalosa relata que cuando decidió trabajar en este negocio, su familia lo aceptó, más por su discapacidad, ya que perdió parte de uno de sus brazos a la edad de nueve años, “me gustó y aquí sigo”.

Don Manuel cursó hasta el quinto año de primaria; se ha casado en dos ocasiones, con la primera esposa procreó tres hijas y con la seguna sólo una. Con gran satisfacción menciona que con este oficio le ha dado educación a sus hijas.

Cada jornada de trabajo le puede llevar de las 17:30 a las 21:00 horas, tiempo en el que recorre calles de sólo dos colonias de la capital mexicana.

“La gente me ubica cuando escucha el silbato, pero a veces me grita y me dice que camine rápido, pero siento que voy despacio, creo que será por el peso del carrito que me gana.”

“Hasta ahorita me siento bien de salud, creo poder echarme otros cinco años en este oficio, hasta donde Dios me lo permita”, concluyó el vendedor de camotes.

Con información de Notimex