Antes de las seis de la mañana, Margarita Hernández dejó a sus hijos dormidos para ir por leche. De pronto todo se puso rojo, hubo mucho calor y la gente comenzó a correr: “San Juanico” había desaparecido de la faz de la tierra, decían las noticias de ese día, pero ella y sus hijos estaban ahí, entre la quemazón, el olor a gas y gente con la piel hecha jirones buscando salir como fuera de aquel infierno.

Era la madrugada del 19 de noviembre de 1984, tan solo la noche anterior, los vecinos de San Juan Ixhuatepec -fundado desde tiempos prehispánicos en el Estado de México- habían reportado a las autoridades un fuerte olor a gas, pero nadie hizo caso y fue hasta esa madrugada cuando todo voló en pedazos.

Margarita sólo pensaba en sus hijos e inconsciente de las quemaduras de tercer grado que habían abrasado sus pies y sus manos, corrió a su casa a sacar a todos menos a uno que vivía con unos tíos y que perdió la vida porque esa noche estaba justo en la zona de las explosiones.

En esos años, la zona era un andurrial de casas de lámina y asbesto, una pequeña ciudad perdida que terminó reducida a nada luego de las explosiones y que ahora es un colorido parque lleno de niños jugando.

Para curar las heridas físicas de Margarita fueron necesarios ocho ingresos al quirófano, las primeras se las realizaron en el Hospital Rubén Leñero, ahí trataron de injertarle piel de puerco, le colocaban placenta, apósitos con vinagre y no recuerda que más.

“Pero no me pegaban los injertos”, así que acudió al hospital Gea González, en donde le quitaron piel de los glúteos y de los muslos para poder curarle las quemaduras.

“El piso se sentía caliente, se nos quedaban los pedazos de piel de los pies en las calles, todo eran gritos, nadie sabía qué había tronado, parecía que había pasado un avión, pero era una de las salchichas (depósitos de gas) que volaron al cerro, por eso corríamos, muchas de las que estábamos ahí murieron en el hospital”.

Recuerda también que su yerno perdió a toda su familia, él había salido a colocar su puesto enfrente del mercado de San Juan cuando vino la tragedia, toda su familia quedó calcinada en el lugar de las explosiones de gas LP registradas en una planta de Petróleos Mexicanos.

De acuerdo con cifras oficiales, hubo 500 muertos, mil personas con heridas considerables, 300 con quemaduras de primer grado y 60 mil fueron evacuadas.

“Nosotros contamos más, hasta 800 o mil”, señaló Heriberto Soriano, quien dirigió durante una década la organización Unión Popular Ixhuatepec, emanada poco después de la tragedia para solicitar mayor seguridad y condiciones de vida para los habitantes de la zona.

Él vive en San Juan desde hace 48 años, esa madrugada no estaba en el lugar pero su familia sí, recordó que fue una desesperación saber que estaban ahí y no podía entrar, después recorrió los campamentos provisionales en La Villa e Indios Verdes.

A 34 años, siguen las gaseras ahí

Con la tragedia muchas cosas cambiaron, pero sigue la exigencia de sacar a las gaseras del lugar y contar con rutas de evacuación libres de ambulantaje, a 34 años de las explosiones, sólo hay una salida vehícular en la calle de Benito Juárez y tres accesos peatonales, pero con puestos ambulantes.

Soriano señaló que la tragedia no comenzó el 19 de noviembre de 1984, sino desde meses atrás, en los que era común que los habitantes percibieran olores a gas y echaran a correr a la autopista México-Pachuca.

Esa madrugada, la primera explosión ocurrió a las 5:40, minutos después hubo una segunda y luego siguieron otras 11 de diferentes magnitudes durante alrededor de hora y media. Fue hasta las 10:00 horas cuando se registró la última.

Los sismógrafos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) registraron ocho explosiones de gran magnitud.

Heriberto lamenta la indiferencia de las personas que no exigen mejores condiciones de seguridad en la zona, y las nuevas generaciones no saben qué fue lo que pasó. “Eso se pudo haber evitado, la única forma de no repetirlo es recordarlo”.

Los recuerdos de las cenizas

José Espinoza, de 87 años de edad, se desplaza de un lado a otro con la ayuda de una andadera, tiene pocos dientes y no oye ni ve bien, pero se acuerda de lo ocurrido ese día.

“Me levanté a hablarle a mi familia y reventó una esfera, la explosión me aventó como tres metros de alto, me quebré el hombro, la clavícula se me cruzó por el tórax y todavía no me deja comer, la cintura y las rodillas pajuelearon”.

Él no confía en los médicos, así que fue a que le sobaran para acomodarle los huesos, “ya no veo, no oigo y me cayó en el cuerpo un tanque de gas, todo mi cuerpo está resquebrajado, ese día pensé que nos íbamos a morir y me puse a pedirle a Dios por todos”.

De mi casa no quedó nada más que al Cristo al que le recé esa mañana, las calles eran ríos de gente tratando de salir y el Río de los Remedios era de lumbre, muchas personas se aventaban o se caían “eso no era agua, era un zurco de lumbre que venía del río por el gas”, explicó.

Heriberto Silva vive en la colonia del Tanque, en la parte alta de San Juanico, en la actualidad su casa tiene una panorámica sin igual, aunque hace 34 años vio cómo una especie de sol iluminaba el valle poco antes de las seis de la mañana.

Con 50 años viviendo en San Juanico y 80 de edad, vio pasar a personas cargando animales, televisores, muebles, y otros gritando de dolor ante las quemaduras.

“Pasaban pidiendo pomadas para soportar sus dolencias, yo también salí de mi casa y lo único que agarré fue a mis cuatro niñas y mis papeles, nos fuimos hacia el cerro, olía a gas y a cuerpos quemados, olía más a gas, pero las quemaduras de las personas tenían un olor”.

Abel Carrillo, Fernando Ruíz, Dolores Burgos y Noé Hernández son parte de la organización Conciencia Ciudadana Ixhuatepec, dedicada desde hace tres años a organizar actividades culturales en el lugar.

“A muchos ya se les olvidó, nos hemos vuelto apáticos y las nuevas generaciones no saben, ni siquiera se acuerdan pero están expuestos a lo mismo que nosotros estuvimos, hay mucha gente que lo que quiere es olvidar, nosotros seguimos en la lucha para ver qué podemos hacer”, comentó Abel.

Añadió que la mayor parte de las personas que viven ahí tienen el recuerdo en carne viva, “cada uno podría contar su propia historia, pero todos coinciden en que esa madrugada todo voló en pedazos, incluso las noticias de aquellos días versaban sobre ´Desaparece San Juanico´” .

Noé recuerda por su parte el sonido estremecedor del silbido del gas saliendo, las ventanas de su hogar cimbrándose y el constante olor a gas mezclado con carne quemada.

“Salía el aire caliente, el calor era insoportable yo cuando salí vi a varios chavitos que se iban despellejando de sus pies, tenía 20 años, íbamos caminando al parque y los estaban curando las mujeres con huevo, se oía un silbido, la flama era altísima, dicen que se llegó a ver hasta Xochimilco” (al sur de la capital mexicana).

Los vecinos de San Juan Ixhuatepec reconocen que la tragedia sentó un precedente sobre la solidaridad de los mexicanos. Si bien el pueblo de San Juan no figuraba en ese tiempo ni en el mapa de la Guía Roji, llegaron camiones enteros con ayuda para los habitantes del pueblo que quedó sepultado entre las cenizas.

Con información y foto Notimex